Europa produce menos del 10% de los semiconductores que consume, según datos de la industria global. El resto llega desde dos potencias en confrontación abierta: Estados Unidos controla el diseño y la maquinaria especializada; China domina el ensamblaje y materiales críticos. En 2025, mientras se registraban 40 conflictos armados —la cifra más alta en una década, según la Agencia SINC—, esta dependencia dual dejó de ser un problema técnico para convertirse en una trampa geopolítica. Cada tensión entre Washington y Pekín, cada sequía en el Canal de Panamá, cada sanción comercial, sacude las líneas de producción europeas sin que Bruselas tenga capacidad real de respuesta.

La industria de chips europea, como documenta Infobae, «está en manos de EEUU y China». No se trata de una metáfora: la holandesa ASML, única fabricante mundial de máquinas de litografía ultravioleta extrema (EUV) necesarias para chips avanzados, depende de licencias tecnológicas estadounidenses para operar. Al mismo tiempo, más del 65% de los semiconductores importados por la Unión Europea provienen de fábricas asiáticas, mayoritariamente chinas y taiwanesas. Cuando Donald Trump impuso en 2022 restricciones a la exportación de tecnología de chips a China —ampliadas en 2023 bajo Joe Biden—, empresas europeas como Infineon y STMicroelectronics enfrentaron escasez de componentes sin haber participado en la decisión política que causó la disrupción.

Cómo llegamos aquí: tres décadas de desindustrialización silenciosa

Europa no siempre fue dependiente. En los años noventa, fabricantes como Philips y Siemens competían globalmente. Pero la globalización de la década de 2000 trasladó la manufactura a Asia, donde los costos de mano de obra y energía eran significativamente menores. Las empresas europeas se concentraron en nichos de alto valor —sensores automotrices, chips de potencia— mientras cedían el mercado de volumen. Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) capturó el 54% de la manufactura global; Samsung, otro 18%. Europa quedó con plantas obsoletas y cadenas de suministro larguísimas.

El problema se agravó con la guerra en Ucrania. Desde febrero de 2022, como documenta Amnistía Internacional en su informe sobre «Agresión de Rusia en Ucrania», el conflicto no solo ha generado violaciones de derechos humanos, sino que cortó el suministro de gases nobles —neón, kriptón, xenón— que Ucrania producía en plantas químicas heredadas de la era soviética. Estos gases son esenciales para los láseres utilizados en la fabricación de chips. Aunque la industria encontró proveedores alternativos, los precios se duplicaron y los tiempos de entrega se extendieron de semanas a meses, según reportes del sector.

Paralelamente, el Canal de Panamá —que maneja aproximadamente el 6% del comercio marítimo mundial— enfrenta desde 2023 la peor sequía en 70 años. Como señala TLC Magazine México, a 10 años de su ampliación (inaugurada en 2016), la reducción de agua dulce en el lago Gatún obligó a disminuir el tránsito de buques hasta en 30% durante los meses críticos. Los semiconductores, que viajan en contenedores desde Asia hacia puertos europeos, comenzaron a usar rutas alternativas más costosas —rodeando África o por el Ártico—, añadiendo semanas y miles de dólares a cada envío.

Los hechos: una cadena de suministro bajo asedio

La dependencia europea no es uniforme: es dual y complementaria. Estados Unidos domina el diseño de chips mediante empresas como Intel, AMD y Nvidia, cuyas arquitecturas son estándar industrial. La maquinaria crítica —las máquinas EUV de ASML, valoradas en más de 150 millones de dólares cada una— requiere componentes ópticos estadounidenses y software sometido a controles de exportación de Washington. Por ley estadounidense, ASML no puede vender estas máquinas a China sin autorización del Departamento de Comercio, una restricción que se endureció en 2023.

China, por su parte, controla eslabones complementarios: el 80% del procesamiento mundial de tierras raras (neodimio, disprosio) que alimentan la cadena tecnológica, y domina el ensamblaje de chips maduros (tecnología de 28 nanómetros o superior) usados en automóviles, electrodomésticos y equipos médicos. Europa importa anualmente billones de estos componentes sin alternativa inmediata. Cuando Pekín y Washington se enfrentan —como en la reciente disputa sobre Huawei o en las restricciones a inversiones tecnológicas—, Europa no puede tomar partido sin perder acceso a uno de los dos pilares.

Según France 24, «los conflictos internacionales marcan la antesala de la cumbre del G7», aunque no se especifica qué medidas concretas discutieron las economías avanzadas para abordar esta fragmentación. Lo que sí está documentado es que cada miembro del G7 está desarrollando estrategias nacionales descoordinadas: Estados Unidos aprobó en 2022 la CHIPS Act con 52,000 millones de dólares en subsidios; Europa lanzó el European Chips Act con objetivos de duplicar su cuota de mercado global al 20% para 2030, pero sin cifras vinculantes de inversión estatal que equiparen el esfuerzo estadounidense o chino.

Análisis: la trampa de la dependencia dual

La vulnerabilidad europea no es accidental: es estructural. A diferencia de Estados Unidos o China, que pueden sostener ecosistemas tecnológicos relativamente autónomos (aunque imperfectos), Europa carece de masa crítica en todos los eslabones simultáneamente. No fabrica máquinas EUV completas sin componentes estadounidenses; no procesa tierras raras a escala competitiva con China; no diseña arquitecturas de procesador dominantes como x86 o ARM (esta última, británica, ahora fuera de la UE tras el Brexit).

Esta dependencia dual genera dinámicas paradójicas. Cuando Washington presiona a Bruselas para alinearse con sanciones tecnológicas contra China, empresas europeas pierden mercados sin ganar capacidad productiva alternativa. Cuando China amenaza con restricciones a la exportación de galio o germanio —como hizo en 2023—, Europa no tiene yacimientos propios ni plantas de refinamiento a escala industrial. El resultado es que ambas potencias pueden usar semiconductores como arma de coerción económica contra un tercer actor que depende de ambas.

El contexto de conflictos armados agrava este escenario. Los 40 conflictos registrados en 2025, según SINC, no impactan directamente las rutas de semiconductores en todos los casos, pero crean un entorno de imprevisibilidad sistémica. La guerra en Ucrania cortó gases nobles; tensiones en el Mar Rojo (vinculadas al conflicto Yemen-Israel) encarecieron el transporte marítimo; sequías vinculadas al cambio climático —como la del Canal de Panamá— añaden presión. Ninguno de estos eventos es una disrupción aislada: son manifestaciones de un sistema global bajo estrés donde Europa carece de amortiguadores.

Las respuestas políticas europeas han sido tardías y fragmentadas. El European Chips Act, anunciado en 2022, prometía 43,000 millones de euros en inversión pública y privada, pero a mediados de 2026 no se han construido nuevas megafábricas (fabs) comparables a las de TSMC en Arizona o Samsung en Texas. Intel anunció una planta en Alemania, pero con tecnología de 18 nanómetros —obsoleta para aplicaciones de inteligencia artificial o computación avanzada—, lo que sugiere que Europa seguirá dependiendo de importaciones para chips de vanguardia.

Perspectivas divergentes: ¿autonomía o pragmatismo?

El debate europeo sobre semiconductores revela tensiones internas. Alemania, con su poderosa industria automotriz, prioriza chips maduros para vehículos y busca acuerdos bilaterales con proveedores asiáticos, incluyendo China. Francia e Italia, en cambio, impulsan una estrategia de «autonomía estratégica» que implica mayor inversión estatal en capacidades propias, incluso si son menos competitivas comercialmente. Países Bajos, hogar de ASML, equilibra entre presiones estadounidenses y su interés en no perder el mercado chino, que representa 30% de las ventas de la compañía.

Estados Unidos y China, por su parte, no están inmóviles. Washington ha intensificado controles de exportación: en octubre de 2023 prohibió a empresas estadounidenses proporcionar servicios de mantenimiento para equipos de fabricación de chips en China, una medida que afecta indirectamente a clientes europeos de esas mismas empresas. China responde con su estrategia «Made in China 2025» (ahora renombrada para evitar escrutinio internacional), invirtiendo decenas de miles de millones en autosuficiencia tecnológica. Aunque aún está cinco a diez años detrás en procesos de manufactura avanzada (según estimaciones de la industria), cada avance chino reduce el apalancamiento occidental.

El G7, según France 24, reconoce estos conflictos como prioridad, pero no hay evidencia de un plan coordinado. Cada cumbre reitera compromisos genéricos sobre cadenas de suministro resilientes sin mecanismos de implementación. La falta de coordinación significa que empresas europeas negocian individualmente con proveedores asiáticos, perdiendo poder de negociación colectivo y perpetuando la fragmentación.

Lo que falta por saber

Varias preguntas críticas permanecen sin respuesta pública. Primero: ¿qué porcentaje exacto de cada segmento de la cadena de semiconductores europea depende de actores externos? Los datos agregados hablan de 65% de importaciones, pero no desglosan diseño, manufactura, ensamblaje, materiales y equipos. Sin esta granularidad, es imposible priorizar inversiones.

Segundo: ¿está funcionando el European Chips Act? No existen auditorías públicas sobre cuánto de los 43,000 millones prometidos se han desembolsado efectivamente, ni indicadores de progreso hacia el objetivo del 20% de cuota global para 2030. La opacidad sugiere que las metas son aspiracionales más que operativas.

Tercero: ¿qué tan avanzada está realmente China en autosuficiencia de chips tras tres años de sanciones occidentales? Reportes de la industria sugieren que empresas como SMIC (Semiconductor Manufacturing International Corporation) están produciendo chips de 7 nanómetros mediante procesos no convencionales, pero sin confirmación independiente. Si China logra autosuficiencia en segmentos clave, el apalancamiento occidental sobre Pekín —y la posición europea como intermediario— colapsarán.

Cuarto: de los 40 conflictos armados registrados en 2025, ¿cuántos afectan directamente rutas comerciales o producción de materias primas tecnológicas? La cifra de SINC no desglosa tipologías ni geografías. Sin este análisis, es imposible evaluar si el aumento de conflictos es una tendencia estructural que requiere repensar cadenas globales o una coincidencia estadística.

Finalmente: ¿existe coordinación real entre Estados miembros de la UE o cada país negocia bilateralmente con potencias externas? La evidencia anecdótica sugiere lo segundo —Alemania firmó en 2023 acuerdos energéticos con Qatar sin consultar a socios europeos, Francia busca acuerdos nucleares con India—, lo que debilita cualquier estrategia colectiva en semiconductores.

El riesgo Taiwan: el escenario que nadie quiere nombrar

Todas estas vulnerabilidades palidecen frente a un riesgo que rara vez se menciona públicamente: Taiwan. La isla produce el 80% de los semiconductores avanzados del mundo (definidos como procesos de 10 nanómetros o inferiores) a través de TSMC. Cualquier conflicto militar en el Estrecho de Taiwan —una posibilidad que analistas de defensa consideran crecientemente plausible— cortaría instantáneamente el suministro global. Europa no tiene capacidad de fabricar estos chips; Estados Unidos apenas está construyendo plantas alternativas que no estarán operativas hasta 2025-2027; China tampoco puede reemplazarlos a corto plazo.

En este escenario, la industria tecnológica global —y con ella la europea— experimentaría una parada técnica masiva. Automóviles, teléfonos, equipos médicos, infraestructura de telecomunicaciones: todos dependen de chips avanzados sin inventarios estratégicos suficientes. A diferencia del petróleo, donde existen reservas estratégicas, no hay «reservas de semiconductores» porque caducan tecnológicamente en meses.

Este riesgo expone la contradicción fundamental de la posición europea: hablar de autonomía estratégica mientras se depende estructuralmente de una isla en zona de conflicto geopolítico, controlada por un actor (TSMC) que responde a incentivos de mercado, no a prioridades europeas. Ningún plan industrial anunciado hasta ahora —ni el European Chips Act, ni las inversiones de Intel en Alemania— cambia esta ecuación antes de 2030.

La fragmentación de cadenas de suministro documentada por múltiples fuentes —desde la sequía del Canal de Panamá hasta las sanciones tecnológicas— no es una serie de crisis aisladas. Es la manifestación visible de un sistema global que está reorganizándose en bloques geopolíticos, y Europa descubre tarde que no es uno de los bloques: es el espacio en disputa.