El sistema de justicia internacional enfrenta una paradoja inédita: mientras el Tribunal Internacional de Justicia de la ONU celebra su 80 aniversario, las dos potencias que históricamente han respaldado el orden internacional —Estados Unidos e Israel— desafían abiertamente su autoridad, poniendo en entredicho la efectividad de los mecanismos multilaterales creados tras la Segunda Guerra Mundial.
Ocho décadas de evolución institucional
Establecido en 1946 como el principal órgano judicial de las Naciones Unidas, el Tribunal Internacional de Justicia (TIJ) nació de las cenizas de dos guerras mundiales con la misión de resolver disputas entre Estados mediante el derecho internacional. Su sede en La Haya se convirtió en símbolo de una nueva era donde las controversias se dirimirían en tribunales, no en campos de batalla.
Durante sus primeras décadas, el Tribunal procesó casos emblemáticos que definieron el derecho internacional moderno, desde disputas fronterizas hasta controversias sobre recursos naturales. Sin embargo, siempre mantuvo una limitación fundamental: sus fallos no son vinculantes para estados que no reconocen su jurisdicción, una característica que ahora cobra relevancia crítica.
El contexto actual revela la fragilidad del sistema multilateral. Según reporta El País, países como Estados Unidos e Israel han intensificado su resistencia a las decisiones del Tribunal, especialmente cuando estas decisiones afectan lo que consideran intereses vitales de seguridad nacional.
La crisis de autoridad: cuando las potencias dicen no
El cuestionamiento de Estados Unidos e Israel al Tribunal no es nuevo, pero su intensidad actual refleja un cambio geopolítico profundo. Históricamente, ambos países han utilizado su influencia para moldear el derecho internacional a su favor, pero ahora enfrentan decisiones que consideran contrarias a sus intereses estratégicos.
Estados Unidos, que impulsó la creación de las Naciones Unidas y financió su desarrollo durante décadas, mantiene una relación ambivalente con los organismos internacionales. Washington ha retirado su apoyo a instituciones multilaterales cuando estas han emitido fallos desfavorables, como ocurrió históricamente con casos relacionados con su intervención en Nicaragua durante los años ochenta.
Israel, por su parte, enfrenta múltiples procedimientos en diversos organismos internacionales relacionados con el conflicto palestino y sus políticas en territorios ocupados. La resistencia israelí se basa en el argumento de que estos organismos mantienen sesgos estructurales que comprometen la imparcialidad de sus decisiones.
Nuevos frentes de controversia: del caso Epstein a Líbano
Paralelamente a la crisis de autoridad judicial, la ONU enfrenta presiones para investigar temas que trascienden las disputas estatales tradicionales. Según DW, expertas de la ONU han solicitado formalmente investigar las redes internacionales de trata asociadas al caso Jeffrey Epstein, el magnate estadounidense que murió en prisión en 2019.
Esta demanda representa un desafío diferente para el sistema internacional: la necesidad de abordar crímenes transnacionales que involucran a élites políticas y económicas de múltiples países. El caso Epstein dejó interrogantes sin resolver sobre una red que presuntamente operaba a nivel global, conectando figuras prominentes de la política, los negocios y la academia.
Simultáneamente, la ONU mantiene su rol tradicional de mediación en conflictos regionales. Según UN News, la organización ha expresado su apoyo a cualquier iniciativa de alto el fuego en Líbano, donde las tensiones entre Israel y Hezbollah mantienen la región en constante riesgo de escalada.
La paradoja mexicana en el escenario global
En este contexto de crisis institucional, México mantiene una presencia activa en los organismos internacionales, aunque con enfoques dispersos. Según el Tecnológico de Monterrey, una académica mexicana presentó recientemente un artículo sobre acceso a la justicia para mujeres en foros de la ONU, mientras que La Jornada reporta la participación de representantes muxes en actividades de la organización.
Estas iniciativas reflejan la estrategia mexicana de mantener un perfil multilateral activo, especialmente en temas de derechos humanos y diversidad cultural. Sin embargo, México enfrenta el desafío de navegar entre su dependencia comercial de Estados Unidos y su compromiso histórico con el multilateralismo.
Implicaciones para el orden internacional
La crisis actual del sistema de justicia internacional tiene implicaciones que trascienden los casos específicos. Cuando las principales potencias desafían la autoridad de instituciones que ellas mismas ayudaron a crear, se erosiona la legitimidad del orden internacional establecido tras 1945.
Esta erosión coincide con el ascenso de nuevas potencias como China, que han desarrollado sus propias visiones del orden internacional, y con el fortalecimiento de bloques regionales que operan con lógicas diferentes a las del sistema de Naciones Unidas. El resultado es un mundo multipolar donde coexisten múltiples sistemas de normas y autoridades.
Para países medianos como México, esta fragmentación presenta oportunidades y riesgos. Por un lado, la debilidad de las instituciones multilaterales tradicionales abre espacios para nuevos liderazgos regionales. Por otro, la ausencia de marcos regulatorios efectivos incrementa la incertidumbre y los costos de transacción en el comercio internacional.
Lo que permanece sin resolver
La celebración de los 80 años del Tribunal Internacional de Justicia ocurre en un momento de incertidumbre sobre el futuro del multilateralismo. Permanecen sin respuesta preguntas fundamentales sobre qué decisiones específicas han motivado el rechazo de Estados Unidos e Israel, y cuáles son los mecanismos concretos que estos países utilizan para resistir fallos adversos.
También queda pendiente definir el alcance de las investigaciones solicitadas sobre el caso Epstein, incluyendo qué países deberían participar y bajo qué marcos legales se desarrollarían. La efectividad de cualquier iniciativa de alto el fuego en Líbano dependerá, en gran medida, de la capacidad de la ONU para mediar entre actores que históricamente han rechazado su autoridad.
El debate de fondo trasciende los casos específicos: en un mundo multipolar, ¿pueden las instituciones creadas para un orden bipolar mantener su relevancia? La respuesta a esta pregunta definirá no solo el futuro de la ONU, sino la naturaleza misma de la gobernanza global en las próximas décadas.

