Por primera vez en 80 años de historia de las Naciones Unidas, una candidatura femenina cobra fuerza real para ocupar la secretaría general de la organización. La costarricense Rebeca Grynspan, actual secretaria general de la UNCTAD, se presenta como una opción reformista que busca romper no solo el monopolio masculino del cargo, sino transformar una institución que, según sus propias palabras, se ha vuelto 'conservadora para el riesgo'.
Ocho décadas de exclusión femenina
Desde su fundación en 1945, las Naciones Unidas han tenido nueve secretarios generales, todos hombres. Esta estadística no es casualidad: refleja las dinámicas de poder global donde los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad —Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia y China— mantienen poder de veto sobre cualquier candidatura. El proceso, tradicionalmente opaco, se basa en consensos geopolíticos que históricamente han favorecido a diplomáticos masculinos de países con influencia regional significativa.
El actual secretario general, António Guterres, asumió el cargo en 2017 tras derrotar a una fuerte candidatura femenina encabezada por la búlgara Irina Bokova, entonces directora general de la UNESCO. Su mandato concluye en diciembre de 2026, y tradicionalmente el proceso de selección se intensifica durante el año previo, aunque no existe un cronograma oficial público.
La candidatura de Grynspan surge en un momento donde la presión por la representación femenina en organismos internacionales se ha intensificado. Según datos de ONU Mujeres, solo el 25% de los cargos de liderazgo en el sistema de Naciones Unidas están ocupados por mujeres, una cifra que contrasta con el discurso oficial de la organización sobre equidad de género.
El perfil reformista de Grynspan
Rebeca Grynspan, de 72 años, llega a esta candidatura con un currículum que combina experiencia en organismos multilaterales y liderazgo en temas de desarrollo. Como secretaria general de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) desde 2021, ha promovido una agenda que vincula comercio internacional con desarrollo sostenible y reducción de desigualdades.
Su crítica más directa apunta al corazón del funcionamiento actual de la ONU. "La ONU se ha vuelto conservadora para el riesgo", declaró Grynspan según reportes de La Jornada, señalando que la organización requiere transformaciones profundas para responder a los desafíos globales contemporáneos. Esta posición la coloca como una candidata que no busca continuidad, sino cambio institucional.
En entrevista con El País, Grynspan fue más específica sobre sus intenciones: "Si soy elegida secretaria general de la ONU, seré una reformadora". Sin embargo, las fuentes disponibles no detallan qué reformas específicas propone ni cómo las implementaría en un sistema donde cualquier cambio significativo requiere consenso entre países con agendas frecuentemente antagónicas.
El respaldo simbólico y las complejidades geopolíticas
El apoyo más visible a una candidatura femenina proviene de Michelle Bachelet, expresidenta de Chile y exalta comisionada de Derechos Humanos de la ONU. "Una mujer al frente de la ONU daría esperanza", declaró Bachelet según Deutsche Welle, aunque sin mencionar específicamente a Grynspan. Esta declaración refleja una expectativa más amplia: que el liderazgo femenino podría aportar perspectivas diferentes a una organización criticada por su ineficacia en crisis globales.
Sin embargo, el proceso de selección trasciende consideraciones de género. Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad mantienen dinámicas de poder que priorizan intereses geopolíticos sobre representatividad. La candidatura debe equilibrar no solo género, sino también representación regional, posiciones sobre conflictos internacionales actuales, y la capacidad de generar consensos en un contexto de creciente multipolaridad global.
La actual configuración geopolítica presenta desafíos únicos. Las tensiones entre Estados Unidos y China, la guerra en Ucrania, y los conflictos en Medio Oriente han fracturado el multilateralismo tradicional. En este escenario, cualquier candidatura debe demostrar capacidad para navegar entre potencias rivales, una habilidad que trasciende el perfil técnico o la agenda reformista.
Lo que las fuentes no revelan
Las fuentes disponibles presentan una imagen incompleta del proceso en curso. No se conocen otros candidatos oficiales, sus plataformas, o las posiciones de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad respecto a las diferentes opciones. Esta opacidad no es accidental: tradicionalmente, las negociaciones se desarrollan en espacios diplomáticos cerrados donde los acuerdos se construyen gradualmente.
Tampoco existe claridad sobre el cronograma específico del proceso de selección, más allá de que el mandato actual concluye en diciembre de 2026. La experiencia histórica sugiere que las candidaturas se formalizan y discuten intensamente durante los seis meses previos al cambio, pero las dinámicas actuales podrían alterar estos patrones tradicionales.
Las reformas específicas que propone Grynspan permanecen en el ámbito de las declaraciones generales. ¿Busca modificar el funcionamiento del Consejo de Seguridad? ¿Propone cambios en el financiamiento de la organización? ¿Cómo abordaría las críticas sobre la ineficacia de las operaciones de paz? Estas preguntas, centrales para evaluar cualquier candidatura reformista, carecen de respuestas públicas detalladas.
El contexto de una candidatura histórica
La candidatura de Grynspan debe entenderse en el marco de transformaciones más amplias en el sistema internacional. La multipolaridad creciente, el cuestionamiento del multilateralismo tradicional, y las demandas por mayor representatividad en organismos globales crean tanto oportunidades como obstáculos para candidaturas no tradicionales.
El antecedente más relevante es el proceso de 2016, cuando por primera vez en la historia de la ONU se implementó un proceso más transparente que incluía audiencias públicas con candidatos. Irina Bokova emergió como una opción sólida que combinaba experiencia multilateral con el simbolismo de ser la primera mujer secretaria general. Su derrota ante Guterres ilustró cómo las consideraciones geopolíticas pueden superar tanto la competencia técnica como la representación simbólica.
La diferencia en 2026 radica en que las presiones por representación femenina se han intensificado, particularmente después de crisis globales donde el liderazgo masculino tradicional ha mostrado limitaciones evidentes. Sin embargo, estas presiones deben traducirse en consensos concretos entre los miembros del Consejo de Seguridad, donde las consideraciones de género compiten con intereses nacionales y regionales específicos.
El resultado de este proceso no solo determinará quién liderará la ONU durante los próximos años, sino también si la organización está dispuesta a romper patrones históricos de exclusión y abraazar el cambio institucional que candidatos como Grynspan prometen representar.

